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miércoles, 5 de diciembre de 2012

                             L
                  e   

                           t
                                    r 
                           
                             a        



                                 por         


                                                 l   e 
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                                                     r
                                                      a


y el mundo quedará escrito.

domingo, 6 de febrero de 2011

(Suerte de) Manifiesto contra las declaraciones de amor

 
En primera instancia quiero hablar de las tardanzas y los tardadores, que padecen día a día el asedio de los especimenes de la puntualidad; señores respetables aspirantes a dueños de la monarquía del tiempo, que pululan por antros oscuros a plena luz del día, disputándose la propiedad de la línea que delimita aquello para lo que es tarde, demasiado tarde, apurándonos a todo, arrebatándonos no sólo el uso legítimo de nuestra incapacidad para ser puntual, o la habilidad para sorprender, o el resguardo en el proverbio popular “más vale tarde que nunca”, arrebatándonos no sólo eso sino también el sentido de la paciencia.

He aquí el lugar común en el que caen los perseguidores de impuntuales. Uno no elige llegar tarde a todos lados, uno nace con eso adentro, y luego elige si hacerse cargo de la realidad o no.

Siempre habrá hornayas que revisar, llaves sin paradero a la vista, calefactores cerca de alguna silla (posiblemente con ropa), monedas que se tomaron raje antes de llegar al micro o la aparición repentina de una laucha en la cocina, que lo pongan a uno en una encrucijada moral.

No hay manera de no llegar tarde ante tamaña eventualidad. Entonces, aparece la obligada necesidad de proceder a la construcción de un por qué, a la invención de un pretexto que justifique la tardanza e, inclusive, en lo posible, provoque en el destinatario una sensación de pena, culpa o cuanto menos preocupación.

La invención de la mentira es un hecho no valorado por las mayorías. Lo que pocos alcanzan a ver es que se trata en realidad de un acto de personalidad y templanza ante la adversidad, que exige un esfuerzo intelectual.

Que implica diferentes etapas:

1) La toma de decisión, de evaluar que la honestidad no es el camino más conveniente a seguir.

2) La invención de una serie de sub mentiras posibles (2 o mas). Nunca la mentira es una sola en primera instancia; mesura, calma, prudencia, frialdad. El primer comportamiento jamás implica lo que se conoce como manotazo de ahogado, intento desesperado que deviene en suicidio del protagonista de la mentira por atropello, por evidenciar la necesidad de sacarse de encima el compromiso a las patadas, en una suerte de grito asfixiante que clama que no le agreguen una complejidad para la que aún no ha formulado coartada sólida que ofrezca respuesta sin dejar cabos sueltos.

Sería como jugar al truco sin saber las señas, como mostrar la carta más valiosa, la definitiva en el primer intento, como arrebatar una pizza por aceleración desmedida en la cocción o ahogar un fuego por inoperancia en el armado previo.

O como, y aquí desarrollo la hipótesis que planteaba al principio; decía, agotar la mentira antes que esté lista para ser parida es como escapar corriendo hacia delante, como quien lanza una declaración de amor atropellada, libre de toda estrategia con algún tinte maquiavélico, exenta de toda pizca de malicia.

Porque, así como ningún jefe, compañero de trabajo, de estudio, etcétera se cree el primer verso improvisado ante la llegada tarde, ninguna mujer responde favorablemente a la declaración a medias, insegura, forzada o mucho menos extremadamente pura. A ninguna mujer le atrae en un primer momento el derroche de sinceridad, el exceso de transparencia que denota un vacío de misterio, la delegación absoluta del poder al otro, o la demostración de afecto como último recurso ante la resignación, sabiendo que se hunde el barco. (Son esas declaraciones que arguyen que desde el primer día que te conocí te quise, me enamoré, me imaginé el futuro, el perro, los críos, el árbol y el cajón de las porquerías. Eso puede decirse una vez correspondida la atracción, más no jamás puede ser el medio para el fin)

Y es que, en realidad, lo que quiero plantear es que ya ninguna declaración de amor a esta altura puede tomarse como válida; algo así como la muerte de las declaraciones de amor, que siempre han sido un verso –nunca verdaderamente sentido- usadas hasta el hartazgo en repetidas ocasiones nocturnas con distintos destinatarios.

Y por si todavía alguien se pregunta qué tiene que ver todo esto con las excusas del que llega tarde a todos lados… Yo creo que la práctica de la mentira/pretexto puede ser considerado el ejercicio superador y sustituto de las declaraciones de amor, porque la legitimidad del que llega tarde a todos lados radica en la credibilidad que su discurso genere el en otro. En las declaraciones de amor, en cambio, ya nulas mujeres eligen creer; mujeres generalmente en dudoso estado de conciencia o sobriedad por cierto, pues como he demostrado las declaraciones de amor nunca expresan sentimientos genuinos sino más bien chamuyos refritados.

Por todo esto celebro y reivindico a los que llegan tarde a todos lados, por ser un ejemplo, y les pido –encarecidamente- a los reyes de la puntualidad que evalúen mi planteo, y que se relajen un poco, que el hecho de que haya cada vez menos declaraciones de amor y más inventores de excusas creativas no implica necesariamente la caída en desuso del romanticismo o el vacío sentimental/espiritual de las civilizaciones, sino más bien un salto cualitativo hacia la superación de los hombres y las mujeres.

lunes, 12 de julio de 2010

Refutación del Té Vick

A pedido de una persona, y a riesgo de recibir comentarios del tipo “ché dejá de robar con lo del Té Vick” (lo sé y no es descabellado postular que debería hacerlo), pero escudándome en aquella vieja consigna de que el público siempre se renueva, he decidido desempolvar de mi computadora un texto que escribí hace algún tiempo, desterrarlo del aislamiento en el que permanecía para que salga a la luz en busca de nuevos defensores y/o detractores de la causa. Hecha la observación y sin más preámbulos, allí va mi humilde refutación del Té Vick.
A las personas que creen poder solucionar todos los problemas de otras personas recomendando impunemente té Vicks ante cualquier tipo de síntoma. (Son esos que andan por la vida diciendo por cualquier cosa la frase “…ahhhh, tomate un tee viiiick…”, como si mencionando ese proverbio milagroso estuvieran ganándose el cielo y resolviendo los problemas del mundo). A ellos van dirigidas estas palabras.
Todo empieza con un simple resfrío, un dolor de cabeza, unas muchas ganas de no hacer nada y acostarse a dormir acurrucado entre 5 o 6 cobijas hasta la cabeza. Hasta ahí, el consumo del té Vick se justifica. Y que te digan “ah, tomate un té vick” es justo y hasta a veces necesario. Pero hay gente que no sabe controlarse, que abusa del té Vick y se lo receta a cualquiera y en cualquier caso. Es gente abusiva, irritante, que molesta y no se da cuenta que molesta, o se da cuenta pero ha perdido los escrúpulos por alguna otra maldad y le ha vendido el alma al diablo o a la televisión o a alguna religión moderna y ya no le importa nada.
O tal vez es gente que siente la imperiosa necesidad de jugar por un rato a ser médico porque no tiene otra cosa que hacer, o a lo mejor quiere dar a entender que posee algún tipo de sabiduría superior y uno, que peca de hablador y le cuenta lo que le pasa, no pudo haberse dado cuenta antes por sí solo de que existe el té Vick y que las circunstancias ameritaban tomarse uno bien caliente y de un solo sorbo porque, para ser sincero, creo que el té vick es bastante feo.
Y quiero aclarar que no tengo nada en contra del té vick en particular. No estoy diciendo que sea un mal producto ni es una campaña en contra de la marca ni tampoco es que después voy a salir hablando maravillas de otro tipo de té que represente la competencia comercial del té vick, y tampoco estoy poseído por algún demonio ni nada de eso.
Lo que digo es que hay gente que no puede refrenar el impulso de decir esa frase, que piensa que de esa forma ha cumplido su obra de bien del día pero que en realidad no sabe discernir entre el bien y el mal. Entonces, si estás medio engripado te dice “ah, tomate un té vick”, pero la cosa no termina ahí. Porque si te duele la cabeza, “ah, tomate un Te vick”. Si tenés una hernia y se lo contás a una de esa personas, es probable que también te diga “ah, tomate un té vick”. Y si te rompiste los ligamentos cruzados o ya no podes combatir la caída del pelo“ah, tomate un té vick”.
Y proporcionalmente a la gravedad del asunto, te va diciendo que te tomes ya sabes qué, pero con un tono aparentemente más comprometido. Ya no suena como un simple “ah, tomate un té vick”. No suena tan seco, las palabras se van alargando en el final y casi adquiere la forma de un comentario científico o profesional. Entonces, si se te prendió fuego la casa o se te murió el perro o si te dejó tu mujer que se hizo lesbiana y se fugó con tu hermana, seguramente aparece una persona que hace 5 años que no ves y que te cruzás de casualidad y se siente con la facultad de decirte que te tomes ese té, pero lo dice con ese otro tono: “aaaaaahhh tomate un teee viiik”, y es posible que además agregue un “vas a ver que enseguida se te pasa” o “yo sé lo que te digo”, y tal vez remate el mágico consejo diciéndote que “no sabes lo bueno que es”, y eso último, se supone, implica una especie de acuerdo tácito que indica que ahora que sabes lo bueno que es el té Vick estás mucho más preparado para enfrentar la vida.
Y yo no digo que no sea bueno, capaz es un gran invento, pero es que vivimos tiempos en los que se lo usa para todo y está en todos lados. Y creo que no sería muy descabellado afirmar que parte de la culpa en todo esto la tienen algunos músicos, como Fito Paez y Los Enanitos Verdes.
Un vestido y un amor, por ejemplo, que no hace otra cosa más que hablar del té vick como si no existieran otras cosas sobre las que escribir una canción.
Ya la primera estrofa lo dice todo: “té vick, juntabas margaritas del mantel”, y así a cada rato: “té vick, té vick, teeee vick…yo no buscaba a nadie y té vick”. No es coherente que si no buscaba a nadie aparezca el té Vick de improviso, camuflado, en la parte más importante de la canción… té vick, té vick, té vick, té vick… todo el tiempo. No soy adivino, pero sospecho que eso no puede tener otra misión que la de lavarnos el cerebro para que después de escuchar la canción todos salgamos como robotitos a comprar todos los sobrecitos de té Vick para los que nos alcance con la plata que tengamos en el bolsillo en ese momento.
Y algo parecido pasa con el tema de los enanitos verdes: Yo te vi en un tren. Y es todavía más alevoso. “Yo té Vick en un tren, preocupada de más”, y después de unas cuantas palabras sin sentido que están ahí de relleno, otra vez: “yo té vick en un tren yo té vick en un tren yo té vick en un tren…y no pude ni siquiera decir hola”. No hay que hacer un análisis muy profundo para darse cuenta de que los enanitos verdes andan por ahí con despecho promocionando los beneficios del té Vick en los trenes. Así que dentro de poco vamos a querer tomarnos un tren y vamos a terminar tomándonos también un té Vick.
Y es probable también que las viejas ya no se junten a tomar el té, o al menos el té común y corriente que no le provoca a uno hacer esa clase de pantomima con la cara de tan feo que es. Yo he visto más de una cara arrugarse cuando por la garganta les atraviesa ese gustito horrible de ese té que es tan bueno pero tan feo. Y claro, es factible que ahora esas mujeres se junten a tomar el té Vick y no quieran admitir que es intomable porque ya la publicidad ha penetrado en sus conciencias y no hay vuelta atrás.
Y considero necesario advertir una vez más que no tengo nada en contra del té Vick.

jueves, 17 de junio de 2010

De asfixias artificiales

"...Que las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentira, que no te den la razón los espejos, que te aproveche mirar lo que miras... que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena. Que no te compren por menos de nada, que no te vendan amor sin espinas, que no te duerman con cuentos de hadas..." (Noches de boda, Joaquín Sabina)


La barba es infinita. Por más que se afeite permanentemente nunca deja de crecerle. A cada instante su cara se encuentra recubierta de una exuberante barba acompañada de un pronunciado bigote.
Gran parte de la gente del pueblo es charlatana y prejuiciosa, y suele no acercarse a él a modo de prevención, por miedo a lastimarse o por suponer que corren el riesgo de contagiarse y quedar como él. Disimuladamente improvisan desvíos en la dirección por la que transitan, se cruzan de vereda o caminan hacia atrás.
Se comenta que utiliza su barba para limpiar lugares u objetos de su casa como quien lo hace con una esponjita de acero inoxidable o, en su defecto, con un cuchillo viejo que ya no sirva. Los más osados aseguran que arranca de los azulejos (del baño y también de la cocina) importantes cantidades de sarro y otras sustancias profundamente arraigadas, ante las que los más efectivos productos de limpieza se ven tristemente vulnerados.
El día de su cumpleaños número 44, el hombre decidió entregarse a los mandatos del destino y nunca más volvió a afeitarse. De modo que desde entonces apenas se le distinguen los ojos y la nariz, pues millones de pelos se han diseminado por toda la superficie que comprende su rostro, incluido el cuello y las orejas. El negocio de las prestobarbas, la espuma para afeitar y las cremas para después de afeitar cayó estrepitosamente. Decenas de almacenes debieron cerrar sus puertas.
Una ola de apuestas pronto inundó el pueblo, y no faltaron caballeros dispuestos a deslizar onerosas sumas de dinero especulando sobre el día en que la muerte finalmente lo vendría a buscar con una maquinita de afeitar en la mano. Pasaron días, años, décadas. La espera se volvió rutina, la rutina olvido y el olvido rutina.

viernes, 12 de febrero de 2010

Pedazos perdidos

Despertó aturdido, casi como todas las mañanas. Hace tiempo perdió la cuenta de su edad. Una especie de designio eterno lo convirtió en un ser invisible desde que nació. Es un vagabundo entre las luces que nunca dejan de brillar, los fuegos que se repiten una y otra vez sin cesar, que mezclan el día con la noche y condenan a una tarde perpetua.
Lo inexplicable es cómo esos fuegos, esos estallidos, arrasan con todos y con todo menos con él. La naturaleza es víctima y depredadora a la vez: bombas, autos, máquinas, televisores y heladeras encarnan una feroz disputa. Se matan entre ellos y vuelven a nacer a cada instante. Pero las secuelas de su permanente destrucción agigantan la ira de los elementos. Entonces los vientos fríos calcinan a las personas, las aguas se exilian a otros mares menos envenenados, el sol eclipsa a la luna y las estrellas caen como misiles. Algunas calles dan al cielo, el infierno está a la vuelta y el paraíso se ha tomado vacaciones por tiempo indefinido. Y eras remotamente pasadas renacen y chocan contra futuros lejanos. Gladiadores furtivos, monarcas despiadados, tecnócratas modernos y maquiavélicos poetas aparecen en sueños anacrónicos que cruzan fronteras y desembarcan en tierras despiertas, para gobernar este indómito presente.
Mientras tanto, un mago ciego inventa antídotos secretos que hacen crecer a los enanos; se descubren los misterios que habitan dentro de los espejos, y en medio de tanta revolución ahí está él. Un ser que nunca envejeció, las arrugas lo perforaron por dentro, su belleza lo castiga, su silencio lo aturde, su luz radiante lo apaga y su presencia inquebrantable lo extingue. Del todo y de la nada sus ojos fueron testigos, hasta quedar vacíos. Y nada puede hacer para cambiarlo, alguien escribió su destino en otros siglos. Tal vez fue él mismo.

lunes, 1 de febrero de 2010

Volar sin alas

Cuando la tierra deje de girar,

cuando las palabras maten a las armas.

Cuando las heridas atraviesen la piel y se pierdan en el aire,

y una sonrisa marchite las lágrimas que habitan en disfraces,

congeladas, endureciéndose en el tiempo.

Cuando se extingan los silencios y no duelan los recuerdos,

ni acechen los fantasmas del pasado,

y se revelen los locos contra los cuerdos.

Cuando se quiten la careta los payasos

y no sangren los espejos.

Cuando el tiempo deje de volar

y el olvido se acuerde de olvidar lo que duele recordar,

y la memoria mantenga vivos los muertos

y los momentos perfectos que desaparecieron.

Cuando empiece el fin,

cuando termine el principio

y una lluvia fugaz se lleve consigo todos los miedos.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Cuando se rompe el control remoto



Es un sentimiento de poder que se va sin avisar. No se rige por ningún mandato divino, no se trata de un castigo sustentado en la sumatoria de méritos adquiridos en un tiempo específico. Simplemente, un día se rompe. Se cae por última vez. Un ruidito indica que una o varias piezas en su interior se despegaron y que ya no cumplirán la función para la que fueron programadas. Una herida se abre para nunca más cicatrizar.
La reacción primera es de negación. Se sostiene una esperanza tan absurda como genuina. Se lo sacude de diversas maneras; se le pega una, dos, quizás ocho cachetadas en sus dos respectivas caras con la palma de la mano. Se lo impulsa contra la rodilla, la cabeza, el sillón y/o la pared. Se le mueve las pilas girándolas con el dedo índice o alternando la ubicación de cada una. Se entiende necesario invertir en unas nuevas y caras, que reemplazan a las vetustas y económicas. Sobreviene una cierta dosis de impotencia. Asoma la caída de una lágrima. Se respira bien hondo y se emprende una última maniobra de resurrección: se abre el aparato en dos mitades, se le esparce una medida de alcohol o alguna sustancia líquida de similares características y se lo vuelve a cerrar, recubriendo un determinado sector de la superficie plástica -que funciona a modo de caparazón- con un desprolijo arreglo a base de abundante cantidad de cinta scotch (o la que haya). No funciona, la tristeza es inminente.

De cómo afecta en la elección de las facturas
Quedan marcas, moretones psicológicos que reavivan de la oscuridad y afloran en situaciones claves dejando al descubierto determinado síntoma de flojera espiritual.
Se ingresa en el local, se dice buenas. Cuando llega el turno, se pide una docena de facturas. El panadero -o panadera- lanza la pregunta de rigor. Algo en la cabeza hace cortocircuito. Caben dos salidas posibles, dos fuerzas internas que pugnan por imponerse en la respuesta definitiva.
Quien asuma la responsabilidad que le planta su destino, no vacilará en elegir pormenorizadamente cada unidad comestible, como si con ello rompiera una y otra vez las cadenas de su libertad.
Cinco segundos de titubeo, en cambio, bastarán para entregarse a la desidia. Surtidas, será el enunciado que lo desintegre por dentro. Agachará la cabeza, como a quien todo le da igual porque nada tiene que perder si ya lo ha perdido todo. Y cederá gratuitamente al resto del mundo un ínfimo pero indispensable resquicio de autonomía.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Qué ves cuando me ves con el buzo al revés

Por Rodrigo Fonollosa
Por qué, por qué, por qué. ¿Por qué usa ese buzo así?, ¿Por qué no lo usa como todos?, ¿Por qué anda por la calle llevándole la contra a todo el mundo que ande vestido con la ropa del lado que corresponde?
¿A qué elite especial se cree que pertenece usándolo de ese lado? Acaso no ve que alguien ya se tomó el trabajo de decidir que de ese lado que él lo usa es al revés, que alguien ya tuvo que someterse a la tortuosa tarea de elegir por todos.
Se usa de un lado para afuera y del otro para adentro. De un lado debe verse y del otro no. Alguien muy sabio ya incursionó en todos los vericuetos protocolares de esa índole. ¿Por qué lo hace entonces? ¿Dónde queda el misterio de no saber qué hay del otro lado? ¿No se da cuenta que no hace más que bastardear la imaginación y el sentido común?
¿Qué mensaje oscuro camufla ese acto de rebeldía?, ¿Que ahora el resto de nosotros estamos equivocados? O ahora resulta que él es tan superior que puede entrar a cualquier lugar con el buzo así y soportar que todos lo miren como recién salido de un lavarropas automático sin que se le mueva un pelo. Quiere hacernos creer que no está pensando en lo que los demás están pensando de él.
No ve que sus amigos lo miran de reojo cuando están juntos, o que alguno conocido tiene el coraje de vez en cuando y simula entablar una charla amena para en cierto momento decirle “mirá, parece que tenés el buzo al revés”. Para no decirle directamente
“¿Por qué no te dejás de joder y te ponés ese buzo como Dios lo trajo al mundo?”¿Qué pasaría si a todos nos agarrara ese brote y anduviéramos caminando patas para arriba o, peor aún, con las zapatillas en los pies cambiados? Cómo saldrían los curas a dar las misas vestidos al revés, y qué pasaría con los monumentos de próceres si se les diera vuelta la ropa, incluso en los billetes.
No, no, no, eso no es serio y de ninguna manera puede ser bueno.
Posiblemente, siguiendo esa filosofía de vida corramos el riesgo de descubrir verdades que nada bien nos harían; como que el traje de la Pantera Rosa al revés es el mismo que el de un Teletubi, y nadie podría volver a mirar la Pantera Rosa con los mismos ojos por más destello de nostalgia que arremeta la memoria y tampoco el recuerdo de su infancia podría mantenerse en intactas condiciones. Y ya nada sería lo que era, y revelaría que toda su vida estaba cimentada bajo ladrillos de mentiras irreparables.
Entonces habría que dormir de día y estar despierto de noche, ir a la verdulería a comprarse un espejo o bailar reggeaton al escuchar una canción de Nito Mestre. Si total, qué importa. En vez de decir, “no pasa naranja” habría que decir “viva el dulce de batata” o algo por el estilo.
Seguramente, si todos usáramos el buzo al revés él lo tendría del derecho; sólo para perturbar el orden y las buenas costumbres.